| - LIBRE EXPRESIÓN: |
o5/1o/o8: Iniciamos esta sección con un magnífico relato taurino de la joven escritora Vanessa Gallardo, titulado:
"En tardes de Castilla"
“Seguro que era abril…”; mientras tarareo uno de mis temas favoritos, creo recordar; y si no tal como reza esta letra, seguro que era una de esas tardes en las que los sueños no se añoraban sino que se hacían realidad, en nuestros ojos y en los ojos de los otros.
Recuerdo a Machado cuando le encontraron en Collioure con ese último regalo en los bolsillos que decía así: “Estos días azules, y este sol de la infancia”. Nos invitaba a esa retrospección hacia un tiempo en el que ese sol lucía para nosotros con más fuerza que nunca. En realidad no soy muy buena para las fechas, mentiría si dijera que con un ejercicio de reminiscencia platónica podría afirmar con verdad absoluta y daros detalles de días, meses y años donde trascurrieron esos retazos de mi infancia. No por ello dejaré de hacerlo e intentaré en la medida de lo posible transmitiros mis sentimientos en aquellas tardes de vida, en la que hoy desde la distancia reconozco al igual que Antonio una tenue luz azul en cada atardecer frente a aquellos otros que nos cubrían enteros de aromas y luces nuevas. Seguiré plagiándole pues y diré que: “Mi infancia son recuerdos en tardes de Castilla…”.
Al contrario que a Sabina a mí todavía nadie me lo había robado aunque lo guardaba como él en ese cajón junto con el corazón, el mío por suerte aún seguía intacto, más tarde descubriría que solo era cuestión de tiempo el que ocurriese tan fatal acontecimiento, pero por suerte para mí todavía era demasiado pronto. Era en ese mismo cajón donde cada tarde leía y releía esas poesías que mi madre lograba escribir en esos pequeños espacios de tiempo, mientras nosotros, sus cuatro hijos, correteábamos por el campo, y un puchero a fuego lento le daba un pequeña tregua a su vida, era entonces cuando su creatividad (una de la más rápidas que yo haya imaginado nunca) saltaba desde su cabeza plasmándose en aquellos folios que ordenada y cuidadosamente guardaba en aquel cajón.
Mi padre es ganadero, somos cuatro hermanos, toda nuestra infancia la hemos pasado entre establos, pastos y ovejas. Pastar, ordeñar, amamantar, verbos que aprendimos desde muy corta edad sin necesidad de ir a la escuela y que han dejado en nosotros un recuerdo indeleble. Al igual que ellos, nosotros mamábamos día a día un amor exacerbado por la naturaleza, una libertad que a mí me ayudaría más tarde a sentir ese olor aún paseando, paradojas de la vida, por esa gran urbe en la que vivo como es Madrid. Creo que esa sensación de amplitud, de conexión con la naturaleza adquirida tarde a tarde desde lo alto de aquellos cerros, te proporciona el combustible necesario para poder respirar sin problema estés donde estés.
Aquel día presentí que algo nuevo se escondía en aquel cajón, aunque esta vez era distinto, había visto escribir a mi madre con un brillo en los ojos muy diferente, más amargo de lo habitual. Me daba miedo entrar allí, quizá esta vez no debería hurgar en sus cosas, (bueno en realidad no estaba hurgando esa palabra es bastante fea, porque para mí cada escrito suyo era algo nuevo que admirar, siempre soñé con escribir como ella alguna vez o al menos intentarlo), la cuestión es que todo aquel alo de tristeza se me había contagiado de alguna forma, no quería que lo que me encontrase allí me bajara el ánimo sino al contrario. Aquella tarde desistí de mi intento y lo dejé para cuando reuniese el valor necesario para hacerlo. No recuerdo con exactitud cuando lo hice, lo que no podría haber imaginado nunca es que aquel cajón sería la caja de pandora de mi vida pero en positivo, al abrir aquello abriría una serie de acontecimientos, relacionados, conectados perfectamente entre si y que todos ellos darían lugar a una gran historia de amor; lo que allí encontré decía así:
SUENA EL CLARÍN EN LA PLAZA,
LA CORRIDA HA COMENZADO,
SON LAS CINCO DE LA TARDE,
TARDE DE DOLOR Y LLANTO.
UN 26 DE SETIEMBRE,
DEL AÑO 84,
ÚLTIMA DE TEMPORADA,
EN LA PLAZA DE POZOBLANCO.
“PAQUIRRI” ES QUIEN TOREA,
UN HOMBRE DE ARRIBA ABAJO,
TORERO NOBLE Y VALIENTE QUE,
HA ENCONTRADO LA MUERTE,
EN LOS CUERNOS DE “AVISPADO”.
SALE EL CUARTO DE LA TARDE,
EL TORO YA ESTÁ EN LA ARENA,
CONFIADO Y FELIZ,
“PAQUIRRI” VA HACIA “AVISPADO”
PARA CUAJAR LA FAENA.
DE PRONTO LA GENTE GRITA,
UN GRITO ESTREMECEDOR,
EL TORITO TRAICIONERO,
HA “ENGANCHAO” AL MATADOR.
CORRE HACIA ÉL SU CUADRILLA,
YA SE VAN DESESPERANDO,
HAN PASADO UNOS SEGUNDOS,
Y EL CUERNO SIGUE CLAVADO.
“AVISPADO” YA LO SUELTA,
SU CUERPO LLEVAN VOLANDO,
SE VAN “PA” LA ENFERMERÍA
Y TRAS ELLOS VA QUEDANDO
REGUERO DE ARENA Y SANGRE,
QUE DE SU PIERNA HA BROTADO.
YA LO HAN PUESTO EN LA CAMILLA
Y ENTRE TANTO NERVIOSISMO,
HAN “CORTAO” LA TALEGUILLA
Y QUEDA PARA LA HISTORIA,
ESE VIDEO IMPRESIONANTE,
DONDE SE VE LA VALÍA,
DEL TORERO DE BARBATE.
PUES CUANDO TODOS SABÍAN,
QUE LA MUERTE YA RONDABA,
ÉL CON TODA VALENTÍA,
ESTÁ PIDIÉNDOLE CALMA,
AL DOCTOR QUE LO ATENDÍA.
MIENTRAS TANTO ALLÍ EN LA PLAZA,
HAN DADO MUERTE A “AVISPADO”,
HA SIDO EL “YIYO” Y CON RABIA.
Y EN SEVILLA UNA MUJER,
LLENA DE AMOR Y ESPERANZA,
ESTA ESPERANDO A “PAQUIRRI”,
ISABEL PANTOJA SE LLAMA.
EL TELÉFONO HA SONADO,
LA NOTICIA YA ESTÁ DADA,
CORRE ISABEL COMO LOCA,
LOCA Y DESESPERADA.
AL HOSPITAL HA LLEGADO,
HA PASADO A LA CAPILLA,
ALLÍ SE QUEDA REZANDO,
ALLÍ SE CLAVA EN RODILLAS.
¡POR DIOS SEÑOR NO LO HAGAS!
¡POR DIOS SEÑOR QUE NO MUERA!
¡SI ÉL MUERE MUERO YO!
¡MI VIDA CON ÉL SE LLEVA!
Y ABRAZADA A SU MARIDO,
DESECHA EN DOLOR Y LLANTO,
REPITE UNA Y MIL VECES:
¡DESPIERTA PACO DESPIERTA!
¡POR DIOS MI AMOR DIME ALGO!
Y EN LA MAÑANA DEL VIERNES,
A LAS ONCE MENOS CUARTO,
LLEVAN EL FÉRETRO A HOMBROS,
CAMINO DEL CAMPO SANTO.
SE HAN PARADO EN LA IGLESIA,
PARA REZAR POR SU ALMA,
TODA ESPAÑA LE LLORA,
TODA SEVILLA LE ACLAMA.
HAN PARADO EN LA MAESTRANZA,
QUIEREN DAR LA VUELTA AL RUEDO,
LAS PUERTAS SE HABREN EN PAR,
PARA QUE ENTRE EL MAESTRO.
ALLÍ NO HAY ALEGRÍA,
NI SE ESCUCHA EL ¡OLÉ! ¡OLÉ!,
SE OYE UNA GRAN OVACIÓN,
QUE SALE DEL CORAZÓN,
DE TODOS LOS ESPAÑOLES.
Y POR FIN EL CEMENTERIO,
CEMENTERIO “SAN FERNANDO”,
A “PAQUIRRI” YA LO ENTIERRAN
LOS SUYOS LE ESTÁN REZANDO;
MOMENTOS LLENOS DE ANGUSTIA,
PARA QUIEN LE QUIERE TANTO.
¡DOBLAD! CAMPANAS ¡DOBLAD!
¡SONAD CLARINES Y PALMAS!
QUE HA LLEGADO A LA GLORIA,
UN TORERO DE GRAN RAZA,
AMOR DE ISABEL PANTOJA,
EL “GRAN PAQUIRRI” LE LLAMAN.
Y QUEDA PARA EL RECUERDO,
ESAS TARDES DE CORRIDA,
DONDE EL TORERO VALIENTE,
DELEITABA A TANTA GENTE,
PONIENDO LAS BANDERILLAS.
Al año escaso de aquello mi madre volvía a rendir su particular y sentido homenaje a otro joven torero, que guardaba una especial relación con el anterior, ya que fue él quien dio muerte a “avispado”; y lo hacía así:
¿RECUERDAS, “YIYO”, RECUERDAS?
¿AQUEL 26 DE SETIEMBRE,
EN LA PLAZA DE POZO BLANCO?
¿RECUERDAS AQUEL TORITO,
QUE SE LLAMABA AVISPADO,
QUE HIRIÓ DE MUERTE A PAQUIRRI
Y A TI TE TOCO MATARLO?
LO HICISTE CON TANTA RABIA
Y TAL DESESPERACIÓN,
QUE DE TUS OJOS BROTARON LÁGRIMAS,
DE IMPOTENCIA, DE DOLOR.
¿RECUERDAS, “YIYO”, RECUERDAS?
AQUELLA TRÁGICA TARDE,
EN LA QUE VISTE MORIR,
A UN TORERO DE LOS GRANDES?
¿QUIÉN IBA A PENSAR ENTONCES,
QUE AL AÑO ESCASO DE AQUELLO,
CAERIAS SANGRANDO EN LA ARENA,
CON EL CORAZÓN DESECHO?
QUÉ PENA QUE ESTO OCURRA,
NADIE PODEMOS CREERLO,
QUÉ PENA QUE AQUEL TORITO,
QUE SE LLAMABA “BURLERO”,
PUDIERA DARTE A TI MUERTE,
ANTES DE CAER EL MUERTO.
DE NUEVO ESPAÑA HA LLORADO,
LA MUERTE DE UN GRAN TORERO,
MUY JOVEN PERO VALIENTE,
QUE LO DIO TODO EN EL RUEDO.
ESPAÑA ENTERA HA CLAVADO,
SUS OJOS ALLÁ EN EL CIELO,
SABIENDO QUE ESTAS ALLÍ,
CON TU TRAJE DE TORERO.
JUNTO A TI ESTARÁ “PAQUIRRI”,
DE ISABEL LLEVARAS BESOS,
RECUERDA “YIYO”, RECUERDA,
DALE DE TODOS RECUERDOS.
Desde aquel preciso instante cerré ese cajón, con el firme propósito de no volver a abrirlo hasta que pudiese entender como alguien puede jugarse cada día la vida en una plaza, y que ello suponga para quienes lo hacen una experiencia vital extrema con sentido pleno.
Vivíamos la trashumancia como un acontecimiento importante en el año, mis padres nos llevaban a observar manadas de toros bravos, que contemplábamos desde lejos con admiración y respeto. Los mayorales daban vueltas a lomos de sus caballos para evitar que ningún toro saliera despavorido y pudiera descarriarse del grupo. A veces los guardas de la zona alertaban de la posibilidad de que uno de aquellos bravos anduviera por el lugar suelto y desorientado. No dejaba de suponer para nosotros un cierto miedo hipotético, que no alimentaba más que la imaginación de unos niños sedientos de vivir aventuras desconocidas aunque no por ello menos peligrosas.
Aquella mañana, como tantas otras, correteábamos por el campo, ignorando cualquier peligro que nos acechara. Mi madre y una amiga tendían ropa en una improvisada cuerda cuyos extremos culminaban en sendos almendros. A su lado colgaban un par de columpios que mi padre había colocado con ilusión; de esta forma al caer la tarde y después de haber explorado toda la flora y la fauna de nuestro alrededor íbamos allí a ver el atardecer mientras nuestras vidas se balanceaban con sinfonías de grillos, cigarras, y anhelos. Como muchos otros días los árboles de acceso al cortijo se abrían al paso de aquel ruido ensordecedor rompiendo así el silencio de aquellos lares y dejando paso a uno de aquellos guardas rurales que nos visitaban a menudo.
Mi madre saludaba con entusiasmo, saludo más que justificado teniendo en cuenta que podría ser el único visitante que asomaba por allí en días, sabiendo igualmente que nuestro vecino más cercano se encontraba a ocho kilómetros de lugar; por ello la presencia humana suponía una acontecimiento bastante grato. A veces esos guardas llegaban directamente al cortijo, pero muchas otras, como era el caso, desaparecían por un camino colindante el cual les conducía a un campo más cerrado. Todo transcurría con normalidad hasta que de pronto unos gritos desesperados nos alertaban y ordenaban que corriésemos al cortijo.
En otro momento quizá hubiéramos esperado un tiempo oportuno para dejar aquello que nos mantenía ocupados, pero en este caso, debido al tono de aquellas voces, ninguno de los que nos encontrábamos allí dudó por un segundo en correr a una velocidad guiada más por el miedo, que por el vigor de nuestras piernas. A lo lejos aparecía la figura de aquel hombre, que un momento atrás había saludado a mi madre con entusiasmo, lo hacía totalmente ensangrentado y aturdido. Uno de esos toros se había escapado de la manada (esta vez sí que era cierto), topándose con él y propinándole una envestida. El astado se olvidó por un momento del aquel hombre, movido por el ruido de motor, otorgándole, para desgracia del animal, el tiempo necesario para que éste cogiera su fusil y le propinase un tiro certero.
La realidad siempre supera la ficción, es algo que aprendí a una corta edad. Pese a esa corta edad aún recuerdo su color azabache, su olor y aún así inerte desprendía una fuerza incalculable. A escasos metros de él ahí quieto, totalmente derribado, me producía un respeto enorme.
Este acontecimiento, que sin duda no es una experiencia al alcance de cualquiera, supuso para nosotros un antes y un después. A partir de entonces nos volvimos un poco más crédulos y como no, también un poco más valientes. Por ello fantaseábamos con nuestros amigos, distorsionando, como no, algunas partes de aquella realidad, con el único objetivo de convertirnos en héroes, al menos durante el espacio de tiempo en el que preexistía en ellos aquel relato.
En lo que respecta a nuestra vida en aquel cortijo, sí que podemos decir que cambió, pero en positivo; aquel hecho nos proporcionó el acercamiento humano a aquellos que cuidaban día y noche de aquellas reses. Los mayorales nos visitarían de vez en cuando, y en un acto de completa reciprocidad ellos nos envolverían con sus apasionantes historias y nosotros llenaríamos sus eternas tardes de soledad.
Por cierto, aunque antes lo he mencionado creo que nuestro hogar merece un espacio más amplio que una mera mención. Como ya sabréis el cortijo suele ser el edificio más representativo del campo bravo, debe su origen a casas agrícolas que servían como baluartes defensivos cuando las razias eran muy frecuentes. Poseían una portada de acceso al interior, algo similar a un pequeño fortín rural. Pues bien nuestro “cortijo” se caracterizaba por no poseer ninguna de estas características, no había sido diseñado por Arnaldo Soto y no poseía una portada de acceso al interior, sino una puertecita mas bien raquítica que nosotros atravesábamos como zares entrando a su pequeño palacete. Ha sido por muchos años nuestro gran fortín y un gran cobijo para nosotros y para nuestro ganado.
Dejémonos de dilataciones, porque mi propósito inicial, la idea que rondaba mi cabeza desde el momento que descubrí lo que contenía aquel cajón, iba mucho más allá de todos esos acontecimientos casuales, que inesperadamente se sucedieron sin más. Como sabemos, el azar es caprichoso y a veces nos pone todo demasiado en bandeja, eso si, hay que estar bien despierto, para percatarse de que a veces lo accidental nos está tendiendo una mano.
Por ello, cuando aquellos mayorales propusieron a mis padres la idea de que los niños visitáramos su cortijo, donde se dirigían con aquellas reses bravas; y ante la insistencia de unos niños ansiosos de experiencias nuevas, no se opusieron. Al mes escaso de aquello y con la certeza de que aquellas reses habían llegado a su destino, nos presentamos allí cargados de maletas y un mundo nuevo por descubrir.
Al vislumbrar aquella finca, aquel monumental cortijo, pude darle entonces un nombre propio a nuestro hogar, “cabaña de pastores”, eso sí, como he dicho anteriormente, sin nada que envidiar a aquello que monumentalmente se alzaba ante nosotros. Sabíamos mucho sobre ganado, nos esperaba un mundo relacionado con nuestras vivencias cotidianas, pero lleno de nuevas enseñanzas.
En la dehesa acompañábamos a los mayorales a dar de comer a aquellas vacas bravas, que llegarían a la edad adulta a los cinco o seis años, las alimentábamos con esmero conscientes de que su fertilidad se prolongaría en función de aquella alimentación. Antes de la cubrición separaban a las vacas por lotes, (en ciertos trabajos como éste no se nos permitía más que ser meros observadores), donde cada lote sería cubierto por un solo semental, esté será el gran soberano de la dehesa constituyendo un símbolo de vigor y fertilidad.
La finca poseía, además, una piara de yeguas, los caballos crecían y se desarrollaban de manera complementaria al toro; el coraje y la nobleza del caballo constituían el vehículo más apropiado para ese ganado. Yo era la encargada junto con otros mozos de ponerles cama limpia, vigilar que el pesebre anduviese bien surtido y que no les faltara agua. En mi paso por los establos admiraba cada día la belleza de aquellos ejemplares. No obstante mi admiración llegó a su punto más álgido cuando en uno de mis paseos me encontré con él. Huracán provenía de una raza denominada tres sangres, una mezcla anglo-hispano-árabe; poseía más alzada que el resto, era noble, con una gran fuerza, figura envidiable y poseedor de una gran inteligencia, características que le dotaban de un carisma especial, todo ello le hacía acreedor de un sillón especial en ese arte llamado rejoneo. Huracán además poseía buena boca, no era nada violento y se dejaba tocar por debajo, que no coger claro, aunque me daba igualmente muchísimos disgustos. Yo sufría cada tarde con sus entrenamientos, y que deciros de las plazas, eso si, nadie como él se ponía frente al carretón, citaba de frente, reunía y se quedaba en la cara delantera con mayor elegancia y poderío.
En aquella finca no quedó ni un solo rincón ajeno a nuestras miradas, aquella curiosidad por todo lo que nos rodeaba nos hacía levantarnos bien temprano y caer rendidos al anochecer, casi en el regazo de aquellos mayorales, mientras repasábamos las anécdotas del día frente a aquella enorme chimenea. A los pocos días de estar allí ya nos quedaba poco por descubrir, (aunque todo por aprender), pero aquella mañana me interesó acercarme a un grupo de chicos, que no paraban de hacer ejercicios, como si estuvieran preparándose para un acontecimiento deportivo. No se trataba de eso, pero sí necesitaban un físico importante para llegar a ser grandes figuras en el arte del toreo, se trataba pues, de jóvenes promesas que tenían una disciplina férrea por conseguir aquello que les apasionaba, llegar a torear y salir por la puerta grande de las mejores plazas de este país.
En realidad, después de todo lo que había vivido, casi había logrado aquel objetivo que inicié cuando cerré por última vez ese cajón, no obstante, aquellos mozos serían mi último eslabón, un último eslabón en una cadena necesaria, no solo para entender este arte, sino para darnos cuenta además que no podemos ver y juzgar sin entender o sin al menos intentar unirnos a un sentimiento tan respetable como cualquier otro. Aquellos mozos me hicieron entender el carácter educacional de este arte, la inaudita belleza de ese instante en el que se unen toro y torero, la necesidad de mirarle a los ojos para guiarle en el temple, el enorme orgullo de encontrarse ante un toro con fijeza y de todas esas cosas que constituyen más que una profesión, un enamoramiento por una vida con el toro, y por el toro.
Fue entonces cuando entendí, que aquí y solo aquí, uno es capaz de matar y morir por amor.